Del residuo al diseño: cómo el ESPR está cambiando la forma de crear moda

Si la legislación española ha comenzado a poner el foco en la prevención y gestión de los residuos, la normativa europea lleva la cuestión un paso más atrás: al momento en el que se diseña el producto.
Porque si queremos generar menos residuos, una de las preguntas más importantes no es solamente qué hacemos con ellos cuando aparecen, sino cómo podemos evitar que se generen desde el principio.
ESPR: diseñar pensando en la circularidad

Si la Ley 7/2022 establece una base para mejorar la prevención y gestión de los residuos, la normativa europea lleva la cuestión un paso más atrás. El objetivo es actuar antes de que el producto llegue al mercado y, en realidad, antes incluso de que llegue a existir físicamente.

El Reglamento (UE) 2024/1781, conocido como Reglamento sobre diseño ecológico para productos sostenibles (ESPR), establece un marco europeo para introducir requisitos de en el diseño de determinados productos.

La idea es que estos productos puedan ser más duraderos, reparables, reutilizables y reciclables, y que tengan un menor impacto ambiental durante toda su vida útil.

Para la industria de la moda, este cambio es bastante relevante. Diseñar una prenda ya no consiste únicamente en pensar si es bonita, cómoda o funcional. También hay que tener en cuenta qué materiales se utilizan, cuánto tiempo puede mantenerse en uso y qué posibilidades tendrá cuando deje de utilizarse.

Diseñar antes de gestionar

Una de las ideas más importantes del ESPR es que la prevención de residuos empieza antes de que exista el residuo.

El reglamento permite establecer requisitos de ecodiseño relacionados con distintas características de los productos y con su impacto a lo largo de todo su ciclo de vida. De esta manera, aspectos como la durabilidad, la posibilidad de reparación, la reutilización, el uso eficiente de los recursos o la reciclabilidad adquieren un papel cada vez más relevante durante las fases de diseño y producción.

Esto cambia la perspectiva con la que se aborda el problema. Ya no se trata solamente de encontrar una mejor forma de gestionar los residuos textiles que ya existen, sino también de pensar cómo deberían diseñarse los productos que llegarán al mercado en los próximos años.

¿Y qué pasa con los productos que no se venden?

El ESPR también incluye medidas relacionadas con los productos de consumo que no se han vendido. A partir del 19 de julio de 2026, las grandes empresas (aquellas que superen los 250 empleados) no podrán destruir determinadas categorías de productos no vendidos incluidas en el anexo VII del reglamento. Entre ellas se encuentran las prendas de vestir y los accesorios de vestir.

En el caso de las medianas empresas (las que tienen menos de 250 empleados), esta prohibición empezará a aplicarse el 19 de julio de 2030, mientras que las microempresas y las pequeñas empresas (aquellas que tienen menos de 10 y 50 empleados respectivamente) quedan fuera de esta obligación.

La medida refuerza una cuestión que ya estaba presente en la legislación española: los excedentes no deberían desaparecer simplemente al final de la cadena. Antes de llegar a ese punto, es necesario plantearse qué alternativas existen y tener en cuenta todos los recursos que han sido necesarios para fabricar esos productos.

En este sentido, el ESPR plantea un cambio de perspectiva bastante claro. Si el objetivo es reducir los residuos, no basta con decidir qué hacer con ellos cuando aparecen. También hay que pensar desde el principio cuánto puede durar una prenda, si puede repararse o reutilizarse y qué posibilidades existen para reciclarla cuando ya no pueda seguir utilizándose.

¿Qué pasa si una empresa no cumple con el ESPR?

Cumplir con estas nuevas obligaciones no es opcional. El propio Reglamento ESPR establece que los Estados miembros deben contar con un régimen de sanciones para los casos de incumplimiento.

Eso sí, el reglamento europeo no fija una cantidad concreta de multa para los países. Cada Estado miembro debe establecer sus propias sanciones, que deberán ser efectivas, proporcionadas y disuasorias. Para determinar su gravedad se tendrán en cuenta factores como la naturaleza y duración del incumplimiento, la situación económica de la empresa, los beneficios obtenidos con la infracción o el posible daño ambiental causado.

Entre las medidas que pueden aplicarse se encuentran las multas y la exclusión temporal de los procedimientos de contratación pública. Por tanto, incumplir el ESPR puede tener consecuencias económicas y también afectar a la posibilidad de una empresa de participar en determinados contratos públicos.

En el caso de los productos no vendidos, la prohibición de destruirlos no se aplica en todos los casos. Desde 2026, las empresas pueden destruir algunos productos si existe un motivo justificado. Por ejemplo, cuando son peligrosos, no cumplen la legislación o infringen derechos de propiedad intelectual. Estas situaciones deben justificarse y quedar documentadas.

Por eso, más que entender la nueva normativa únicamente como una lista de prohibiciones, las empresas tendrán que empezar a incorporar estos requisitos en su forma de diseñar, producir y gestionar sus excedentes. La adaptación será cada vez más importante a medida que las distintas obligaciones entren en aplicación.

La responsabilidad no termina cuando se vende una prenda

Hasta ahora, el foco ha estado en la prevención, el diseño y la trazabilidad. Pero queda una cuestión fundamental: ¿qué ocurre con una prenda cuando deja de utilizarse y quién debe asumir esa responsabilidad?

La Directiva (UE) 2025/1892, que modifica la normativa europea sobre residuos, establece un marco específico de Responsabilidad Ampliada del Productor (RAP) para los productos textiles.

Su objetivo es que los productores, es decir, las empresas que ponen estos productos en el mercado, asuman una mayor responsabilidad sobre lo que ocurre con ellos cuando llegan al final de su vida útil.

El objetivo se basa en que, si una empresa pone un producto en el mercado, su responsabilidad no debería terminar en el momento de la venta.

La nueva normativa establece que los productores deberán contribuir a financiar distintas etapas relacionadas con la gestión de los productos textiles usados y sus residuos. Entre ellas se encuentran la recogida, la clasificación, la preparación para la reutilización y el reciclaje.

También se contemplan costes relacionados con la información a los consumidores, la recogida de datos y el desarrollo de nuevas tecnologías de clasificación y reciclaje.

Esto supone un cambio importante para el sector. Ya no se trata únicamente de fabricar y vender una prenda, sino también de tener en cuenta qué ocurrirá con ella cuando termine su primera vida.

¿Hay empresas que ya están preparándose para este cambio?

Aunque la prohibición de destruir productos no vendidos acaba de entrar en aplicación para las grandes empresas, algunas compañías del sector ya llevaban tiempo buscando alternativas para gestionar sus excedentes.

Un ejemplo es Zalando, que utiliza diferentes vías para dar una segunda salida a los productos que no se venden, entre ellas sus tiendas outlet, acuerdos con otros distribuidores y donaciones a organizaciones benéficas. La compañía se encuentra así con algunas de las mismas alternativas que ahora impulsa la nueva normativa europea: mantener los productos en circulación en lugar de eliminarlos.

También H&M lleva años trabajando en la gestión de sus niveles de inventario. La compañía ha ido reduciendo sus existencias y en 2026 comunicó que había alcanzado su ratio de inventario sobre ventas más bajo de la última década. Es más, esta compañía lleva tiempo recogiendo ropa en sus tiendas, y no precisamente tiene que ser de la marca, para posteriormente clasificarlos según su estado y poder darles una segunda vida a los materiales.

En el sector del lujo, LVMH también ha desarrollado iniciativas relacionadas con la gestión de excedentes y la circularidad. A través de CEDRE, el grupo trabaja en la recuperación de materiales y productos no vendidos, mientras que su colaboración con la empresa Weturn permite transformar determinados stocks de sus marcas en nuevos materiales textiles.

Estos ejemplos muestran que la transición hacia un modelo más circular no empieza necesariamente con la entrada en vigor de una ley. Algunas empresas ya estaban desarrollando soluciones para reducir sus excedentes, reutilizar materiales o buscar nuevas salidas para los productos que no llegan a venderse. Ahora, con la entrada en aplicación del ESPR, este tipo de prácticas adquiere una nueva dimensión: dejan de ser únicamente una iniciativa voluntaria y empiezan a formar parte del nuevo marco regulatorio europeo.

El diseño también forma parte de la solución

El ESPR plantea, en definitiva, una nueva forma de entender el diseño: pensar en una prenda no solamente por cómo será cuando llegue a una tienda, sino también por lo que ocurrirá con ella después.

Pero para tomar esas decisiones necesitamos algo más: información sobre la propia prenda.

Y aquí entra en juego una herramienta que puede cambiar la relación entre moda, trazabilidad y circularidad: el Pasaporte Digital de Producto.

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